
Saudades: Desde niño me decían que ésa era una de las palabras que mejor distinguían el portugués de las demás lenguas, cuyo verdadero significado real no se encuentra fácil traducción ni al inglés (missing) ni tampoco al español (añoranza), por ejemplo.
En Lisboa no faltan ejemplos donde tal palabra se aplica sin reticencias: Desde la conservación de los azulejos en los barrios más antiguos, o las criptas decimonónicas abiertas a la curiosidad ajena en los cementerios, hasta las fábricas abandonadas de techos desplomados..., todo me remetía a las dichosas saudades portuguesas.
Ni que los tiempos pasados hubieran sido mejores, puesto que sería muy ingenuo de mi parte creer que tanta decadencia urbana se debe sólo a un sentimiento romántico, sino que desde luego está fuertemente relacionada a los altibajos económicos que ha sufrido la nación a lo largo de los tiempos. Por no hablar de los desastres que asolaron la ciudad hace siglos. El Convento do Carmo es una gran muestra de ambos lados y de las ventajas que puede sacar un pueblo de ellos.
Se me hace imposible no contrastar el caso de Lisboa al de Petrópolis, cuyas restauraciones han sentado a la ciudad imperial tan falso como un maquillaje exagerado a una anciana. La capital monárquica, en cambio, ha sabido envejecer sin emular la dignidad y la gloria pasadas, como la añoranza misma.

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