Ahora está decidido: el Cristo del Concorvado es, junto al Coliseo, al Taj Mahal, a las murallas de China, etc, una de las siete maravillas del mundo. Y lo primero que me pasa por la cabeza es que la intensa y masiva campaña publicitaria que dominó los medios de comunicación brasileños desde el primer anuncio del concurso ha logrado alcanzar sus objetivos. Sí, para mí, la única justificativa por la presencia del Cristo Redentor en dicha lista es porque este Cristo tuvo un buen publicitario a su lado derecho.
Por la ótica del arte, pienso que el Redentor de Carlos Oswald es una obra incoherente puesto que no cumple lo que se pronone: el eterno abrazo y la bendición a Rio de Janeiro. La figura se mantiene sobre líneas y ángulos estrictamente retos; sus brazos no se abren en arco; su cuerpo es estático; además, el material utilizado, la piedra, es frío, duro y macizo. ¿Dónde están por lo tanto los índices que implican las sensaciones de acogida, de comprensión y cariño que inspiran un legítimo abrazo? ¿Dónde? Por la forma con la cual se presenta, el buen pastor pierde en humanización y gana en autoridad, severidad y rigidez. El abrazo es, en realidad, un comando.
Sin embargo, comprendo que los valores simbólico y religioso de la obra están tan tan tan arraigados a la imagen de Rio de Janeiro como las playas de Ipanema. Por otro lado, el Cristo Redentor ¿un ícono de Brasil? No creo que para tanto. Quizá Brasília, la capita del país, tuviera una presencia más representativa de estas tierras y fuera más imponente al lado de otros monumentales edificios de la lista como el Coliseo o Machu Picchu: paradigmas de las culturas autóctonas desde el periodo de sus concepciones hasta la actualidad, tal cual la ciudad de Niemeyer y Lúcio Costa.

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